viernes, 13 de febrero de 2015

LOS CORRUPTOS CHAPULINES DE LA POLÍTICA



  

Luis Uriel Acosta Magaña

Tomando el fuero político como santuario de corrupción y templo de la impunidad, muchos presidentes municipales, diputados locales y federales rehúyen cumplir la responsabilidad para la que buscaron el voto y prefieren continuar con su «brillante» y «honesta» trayectoria política pidiendo licencia para disfrutar nuevo hueso, confiando en que los ciudadanos continuarán favoreciéndolos con su voto.
Lo único que se les puede reconocer es su optimismo, ya que no hay ni a cual irle, porque el que no está embarrado en la corrupción es muy extraño, aunque hay honrosas excepciones que confirman la regla, me decía un insigne catedrático, suponiendo sin conceder, concluía.
En año electoral la plaga chapulinesca se reproduce sin control. Si bien no hay prohibición expresa para esta práctica en la legislación mexicana, cierto es que el compromiso de los funcionarios se desvanece ante la posibilidad de continuar abrevando del presupuesto.
Tres años de gestión es poco tiempo para hacer un plan de trabajo relevante que le cambie el rostro a una presidencia municipal dicen, entonces es mucho menos para forjar una imagen que le permita aspirar a otro puesto político se les responde. Es más cierto que si estos tres años se acortan ocho meses, lo que representa el veinticinco por ciento de la gestión, será muy complicado obtener los resultados que queremos los ciudadanos, pero eso a los políticos los tiene sin cuidado.
No sólo es la posibilidad de continuar con un cargo político lo que motiva esta práctica, en más de un caso se busca el llamado fuero político, figura que se ha convertido en un santuario de la impunidad y templo de la corrupción. 
Trapecistas de la política
En la actualidad el fuero sirve para todo menos para garantizar el ejercicio del cargo público al margen de presiones políticas, no solo es la posibilidad de continuar con un cargo político, en más de un caso se busca el fuero político para rehuir la acción de la justicia.
Otro fenómeno son los políticos tránsfugas, quienes ante la nula posibilidad de verse favorecidos por sus compadres y dirigentes políticos optan por cambiarse de bando; así, sin explicación y sanción alguna. Sobresale la morenización del PRD, aunque no se está saliendo nada irremplazable, chuchos y bejaranos consideran que entre menos morenos más presupuesto. En algunas entidades, tricolores se vuelven totalmente verdes, o acérrimos y tenaces partidarios de Nueva Alianza. 

                                  La participación ciudadana
 Un voto más que transformador, una Política transformada se requiere para que México y su ciudadanía tengan lo que debería como un país con sus representantes y sus autoridades profesionales y honestas, se requiere una ciudadanía participativa. Sin colores políticos. Ciudadanía con el interés de tener y ser una sociedad con crecimiento y contar con leyes y servicios de primera.
Dejemos de ser una sociedad de quinta. La llave del éxito es participación constante.
El descreimiento hacia la política y los políticos no surgió por generación espontánea ni ha sido fruto de una catástrofe natural ya que desde siempre y en todo momento los políticos la han construido con trabajo y tesón. Por ello, llegó el momento en que los ciudadanos dejaron de creer en la política monopolizada por el PRI y en su poder transformador. La pluralización y diversificación de opciones producto de las reformas dieron aire al sistema y esperanza a la ciudadanía. 
Un número creciente de votantes comenzó a apostar por otros partidos creyendo que sus ofertas políticas no sólo eran mejores sino que, en caso de ganar, las llevarían a la práctica. El triunfo en las elecciones de 2000 de un partido distinto al PRI redobló la fe de la mayoría de los mexicanos en el poder transformador de la política. Por ejemplo, mucho menos del 43 por ciento de los ciudadanos votó por Fox y el PAN para la Presidencia, pero más del setenta por ciento esperaba que México cambiaría prácticamente en todos los órdenes.
Desde ese momento lo único que ha crecido es la desilusión. Y no se trata de que se esté orquestando una campaña antigubernamental. No se confía en las instituciones establecidas para cuidar nuestros ahorros, ya tuvimos un FOBRAPOA que fue muy necesario en su momento dijo su artífice. Ahora, porque ni la CNBV ni la CONDUSEF protegieron a los casi siete mil ahorradores de FICREA que fueron defraudados. No  se cree en la justicia electoral porque el Partido Verde viola sistemáticamente la ley y los magistrados sólo les obsequian un regaño público. No se cree en la palabra de los políticos porque dijeron que con la reforma de 2007 el costo de las elecciones iba a disminuir y no ha hecho más que crecer.
 No se confía en los legisladores porque se despachan con la cuchara grande para generar componendas y toda clase de negocios, manteniendo en la opacidad las cuentas del Congreso porque dicen combatir los privilegios, pero siguen escudándose en el fuero.
No se cree en los funcionarios públicos federales, estatales o municipales porque se envuelven en los discursos sobre transparencia para luego engañar por acción u omisión con su doble discurso.
No creemos en la Reforma Educativa porque vemos el pasmo del gobierno ante las acciones de la CNTE y la CETEG para dinamitarla. Mucho menos se confía en un secretario de Hacienda incapaz de ver el conflicto de interés por recibir un préstamo hipotecario del contratista consentido del gobierno. 
No se cree en la rendición de cuentas porque cada vez son más las adjudicaciones directas que las licitaciones. No se cree en el discurso anticorrupción de los partidos cuando cada uno de ellos encubre a un gobernador, a un diputado o a un alcalde al que en una millonaria transacción le vendieron la candidatura precisamente con el compromiso de cubrirlo con el manto de la impunidad. Estos son casos concretos y los hay en todo el mundo.
El problema en México es que la desconfianza rebasó lo casual o eventual para convertirse en todo un sistema cotidiano en el quien no tranza no avanza. Ya nadie cree que el Ministerio Público existe para recibir las denuncias de la población; los jueces para dirimir imparcialmente los conflictos; los legisladores para legislar a favor del interés general; y los gobiernos para procurar justicia, igualdad y seguridad.
El problema no es de los incrédulos, es de los políticos que han construido el descreimiento generalizado. El problema es grave porque no se reduce a desconfiar de las promesas de campaña, sino que ya tampoco creemos en las iniciativas y acciones. El pueblo no cree en la veracidad de la inquietante explicación del procurador sobre los desaparecidos de Ayotzinapa, no se cree que los delitos de alto impacto hayan disminuido en Michoacán, entre otras muchas cosas, mucho menos se cree que la nueva convocatoria para el tren México-Querétaro esté libre de corruptelas.
Para hacer un gobierno medianamente efectivo,  la primera tarea es devolver la confianza al ciudadano, demostrar que la participación política y el voto pueden tener un gran potencial transformador.
En otros países hay sanciones para los tránsfugas y chapulines, la reelección es una parte de la medicina, pero valdría la pena pensar en legislar al respecto. Eso lo podrían hacer los candidatos ciudadanos o candidatos surgidos de la sociedad civil organizada aunque logren la candidatura por un partido
Pero claro ese es uno de los motivos por los que les ponen tantas trabas para que lleguen a los cargos de elección popular los ciudadanos, aunque aquí también no son todos los que están ni están todos los que son, siempre hay camaleónicos lobos con piel de oveja, pero, bueno, el intento ciudadano se está haciendo, sobre todo en Tabasco.

Publicado en la edición 518 de la revista política Suceso de fecha 23 de Enero de 2015
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